jueves, 18 de abril de 2019

El Gobierno debe llamar a elección presidencial

      
                                                                   


      El Gobierno debe llamar a elección presidencial


Venezuela viene sufriendo un boicot intenso a la Economía y este año confesos ataques al sistema eléctrico: esta guerra causa efectos devastadores y hasta mortales, así como me corrobora que Venezuela es un país en disolución –como titulé un reciente artículo en El Universal– por ser víctima del quietismo pues no se  hace lo posible por dar solución al patético cuadro.

El Gobierno está en contemplación pasiva del gravísimo peligro que ya de potencia pasó al acto y que, encima, serpentea contra Venezuela con creciente ánimo de dañar y aun de matar en serie. El que la agresión aumente con saña insólita, es prueba  apodíctica de tal inercia porque hay que ponerle solución inmediata y eficaz para cesar el inhumanitario asedio contra esta muy noble y orgullosa nación libertadora de sí misma y cinco países ¡¡sin robarlos!! Esa solución no está en discursos encendidos ni en fervorosas e indignadas proclamas, grandes marchas y discusiones bizantinas acerca de quién tiene la razón, porque la guerra persiste. La solución está en lo que ahora pueda yugular la guerra; pero nada y tal estado de inacción es nuncio de terribles y luctuosos sucesos en un futuro muy cercano. El 23-5-2018, la congresista estadounidense Ros Lehtinen declaró –flor de la democracia– al canal de Noticias NTN24: “Queremos penalizar a los seguidores de Nicolás Maduro”.

¿Cuál es el porqué de semejante guerra contra nuestra Patria? El que se haga una elección presidencial “libre” es el clamor de la bicéfala oposición, criolla y mundial. El Gobierno se opone porque ya la hizo en 2018, lo cual da derechos al Gobierno; pero  ceden ante el derecho del pueblo a su seguridad, de mucha mayor entidad. La negativa del Gobierno se pretextó por unos venezolanos para implorar a extranjeros saboteos económicos  (concedidos) contra Venezuela; y para que una colosal campaña mediática mundial acusara al presidente Maduro de “tirano” y “usurpador”. Después se auto proclamó Guaidó y como “presidente” lo reconoció una cincuentena de países, a los cuales la bifronte oposición llama “la comunidad internacional”. Y hubo la amenaza de invasión armada a Venezuela.

Cuando una nación sufre agresión armada y hasta crímenes de guerra, es secundario por estéril el análisis de causas, la argumentación y hasta el apoyo popular, que no es disuasor por su ocultamiento. Ni la valentía del pueblo y gobernantes (que la deben desfogar en sus asuntos personalísimos; pero no en asuntos que impacten la seguridad y aun pervivencia del Estado-Nación). Además ¿quién lo duda? Todos saben lo del tsunami del “Caracazo” (en Sur-américa no se había visto nada igual) y lo del golpe de 2002, cuando salió en tromba a enfrentar las balas y aun tumbó vallas del Fuerte Tiuna: sin embargo, esa característica debe preocupar aún más porque un pueblo no puede enfrentar a un ejército regular y de mercenarios porque sería masacrado, quizá –y sin quizá– con plenitud de gusto e intención.

Lo que cuenta  es parar la guerra e impedir ataques mucho más sanguinarios. ¿Cuál es el busilis de la cuestión? La convocatoria a la elección presidencial. Idea que de modo tácito aceptó el presidente Maduro cuando ha poco y en un mitin díjole o espetó por TV a Guaidó: “¡Convócala tú! ¡Para darte una revolcada!”. ¿Por qué no lo hace de forma expresa y seria? ¡“Sublata causa, tollitur effectus”! (“Suprimida la causa, desaparece el efecto”). El voto es la solución democrática por excelencia y esa elección sería la clave para salvar la Patria: ¿no aseguran unos y otros que son inmensa mayoría?

Y eso no sería una capitulación sino un acto noble en aras de la defensa del pueblo y la nación que se dirige.  Capitulación hizo en 1812 el archicélebre y glorioso Generalísimo Miranda, Mariscal de campo en Francia; y el ilustre Uslar Pietri lo justificó (“Valores Humanos”, en la edición del Banco del Caribe) porque “él no quería ensangrentar a Venezuela sin necesidad alguna”. Al presidente no se le exige que capitule sino una transacción en bien de la Patria. Me valdré –cuanto a transigir–  de un ejemplo (“Crónicas razonadas sobre las guerras de Bolívar”, I, Págs. 310 ss., de Vicente Lecuna)  que viene de perlas:

Al mando del ladrón e “infame pirata Bianchi” (como lo calificó el Libertador), quien a la República robó mucho dinero y joyas, en 1814 unos mercenarios se hicieron a la vela. Informado Bolívar, al general Montilla mandó ir a bordo y reducir a los piratas; pero lo desarmaron y arrestaron: Bianchi, “con dos pistolas al cinto y seguido constantemente por hombres sin patria y sin ley, armados hasta los dientes, mandaba en  jefe”. Pese a esto, Bolívar y Mariño (dos muy fieros guerreros), solos, “resolvieron irse a bordo con la esperanza de someterlo (…) Perdida toda esperanza de reducir al pirata, Mariño, de acuerdo con el Libertador, convino en ceder la tercera parte de la plata labrada, y los derechos del Estado sobre dos goletas a cambio de devolver todo lo demás (…) Esta transacción celebróse el 29 de agosto”…  



                     Alejandro Angulo Fontiveros            

                 (Publicado en El Universal de hoy 18-IV-2019 y 
               reproducido en el blog plumaidonea.blogspot.com)

                                                                                     



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