El Gobierno debe llamar
a elección presidencial
Venezuela
viene sufriendo un boicot intenso a la Economía y este año confesos ataques al sistema eléctrico: esta guerra causa efectos devastadores y hasta mortales, así como me corrobora
que Venezuela es un país en disolución
–como titulé un reciente artículo en El Universal– por ser víctima del quietismo pues no se hace lo posible por dar solución al patético
cuadro.
El
Gobierno está en contemplación pasiva
del gravísimo peligro que ya de
potencia pasó al acto y que, encima, serpentea contra Venezuela con creciente ánimo de dañar y aun de matar en serie. El que la agresión
aumente con saña insólita, es prueba apodíctica
de tal inercia porque hay que
ponerle solución inmediata y eficaz para
cesar el inhumanitario asedio contra esta muy noble y orgullosa nación
libertadora de sí misma y cinco países ¡¡sin
robarlos!! Esa solución no está
en discursos encendidos ni en fervorosas e indignadas proclamas, grandes
marchas y discusiones bizantinas acerca de quién tiene la razón, porque la guerra persiste. La solución está en lo que ahora pueda yugular la
guerra; pero nada y tal estado
de inacción es nuncio de terribles y luctuosos sucesos en un
futuro muy cercano. El 23-5-2018, la congresista
estadounidense Ros Lehtinen declaró –flor de la democracia– al canal de
Noticias NTN24: “Queremos penalizar a los seguidores de Nicolás Maduro”.
¿Cuál
es el porqué de semejante guerra
contra nuestra Patria? El que se haga una elección
presidencial “libre” es el clamor de la bicéfala oposición, criolla y
mundial. El Gobierno se opone porque ya la hizo en 2018, lo cual da derechos al
Gobierno; pero ceden ante el derecho del
pueblo a su seguridad, de mucha mayor entidad. La negativa del Gobierno
se pretextó por unos venezolanos para implorar a extranjeros saboteos económicos (concedidos) contra
Venezuela; y para que una colosal campaña mediática mundial acusara al
presidente Maduro de “tirano” y “usurpador”. Después se auto proclamó Guaidó y
como “presidente” lo reconoció una cincuentena de países, a los cuales la
bifronte oposición llama “la comunidad
internacional”. Y hubo la amenaza de invasión armada a Venezuela.
Cuando
una nación sufre agresión armada y hasta crímenes de guerra, es secundario por
estéril el análisis de causas, la argumentación y hasta el apoyo popular, que
no es disuasor por su ocultamiento. Ni la valentía del pueblo y gobernantes (que
la deben desfogar en sus asuntos personalísimos;
pero no en asuntos que impacten la seguridad
y aun pervivencia del Estado-Nación). Además ¿quién lo duda? Todos saben lo
del tsunami del “Caracazo” (en
Sur-américa no se había visto nada igual) y lo del golpe de 2002, cuando salió
en tromba a enfrentar las balas y aun tumbó vallas del Fuerte Tiuna: sin
embargo, esa característica debe preocupar aún más porque un pueblo no puede enfrentar a un ejército regular y de mercenarios
porque sería masacrado, quizá –y sin quizá– con plenitud de gusto e intención.
Lo que cuenta es parar la guerra e impedir ataques mucho más
sanguinarios. ¿Cuál es el busilis de la cuestión? La convocatoria
a la elección presidencial. Idea que de modo tácito aceptó el presidente
Maduro cuando ha poco y en un mitin díjole o espetó por TV a Guaidó: “¡Convócala tú! ¡Para darte una revolcada!”.
¿Por qué no lo hace de forma expresa y seria? ¡“Sublata causa, tollitur effectus”! (“Suprimida la causa, desaparece el efecto”). El voto es la solución democrática por excelencia y
esa elección sería la clave para salvar la Patria: ¿no aseguran unos y
otros que son inmensa mayoría?
Y
eso no sería una capitulación sino un acto noble en aras de la defensa del
pueblo y la nación que se dirige. Capitulación hizo en 1812 el archicélebre y
glorioso Generalísimo Miranda, Mariscal de campo en Francia; y el ilustre
Uslar Pietri lo justificó (“Valores Humanos”,
en la edición del Banco del Caribe) porque “él no quería ensangrentar a Venezuela sin
necesidad alguna”. Al presidente no se le exige que capitule sino una transacción en bien de la Patria. Me
valdré –cuanto a transigir– de un
ejemplo (“Crónicas razonadas sobre las
guerras de Bolívar”, I, Págs. 310 ss., de Vicente Lecuna) que viene de perlas:
Al
mando del ladrón e “infame pirata
Bianchi” (como lo calificó el Libertador), quien a la República robó mucho
dinero y joyas, en 1814 unos mercenarios se hicieron a la vela. Informado
Bolívar, al general Montilla mandó ir a bordo y reducir a los piratas; pero lo
desarmaron y arrestaron: Bianchi, “con
dos pistolas al cinto y seguido constantemente por hombres sin patria y sin
ley, armados hasta los dientes, mandaba en
jefe”. Pese a esto, Bolívar y Mariño (dos muy fieros guerreros),
solos, “resolvieron irse a bordo con la
esperanza de someterlo (…) Perdida toda esperanza de reducir al pirata, Mariño,
de acuerdo con el Libertador, convino en
ceder la tercera parte de la plata labrada, y los derechos del Estado sobre
dos goletas a cambio de devolver todo lo demás (…) Esta transacción celebróse el 29 de agosto”…
Alejandro
Angulo Fontiveros
(Publicado
en El Universal de hoy 18-IV-2019 y
reproducido en el blog
plumaidonea.blogspot.com)
